Versos, reversos y anversos

Un espacio literario para la creación

Estefany JOS

La mujer y el lobo

Socorro vivía en el espeso bosque, alejada del poblado y de todas las personas que le resultaban, más que nada, una molestia. Había partido al bosque al enviudar, pues le había resultado insoportable como las personas del pueblo la veían con lástima. Además, vivir lejos de su antigua casa le había ayudado a sobrellevar el duelo. Socorro siempre había sido una persona solitaria, y disfrutaba vivir sola. De vez en cuando, bajaba al pueblo para conseguir víveres, como cereales y harinas, y aprovechaba a vender algunos ungüentos que preparaba con plantas del bosque. Nunca se había sentido tan en paz, pero los rumores comenzaban a correr. Las personas la veían de reojo, cuchicheaban a sus espaldas, pero a Socorro no le importaba.

Una tarde, mientras secaba unas hierbas al sol, escuchó unos gritos. Eran los gritos de un niño, y gritaba con tal vehemencia y dolor que crispaba hasta al más valiente, como Socorro. Socorro se apresuró a su cabaña, en busca de la escopeta que guardaba en la sala, la cual había pertenecido a su esposo, y salió a toda prisa. Todos sabían que en el bosque había lobos, por lo que, lo primero que pensó fue que un lobo había atacado a un niño. Lanzó un par de disparos al aire, esperando ahuyentar al lobo. Pero para entonces, los gritos se habían dejado de escuchar. Caminó tan rápido como pudo, en la dirección en que había escuchado los gritos. Pero el silencio era tal, que supo que era demasiado tarde.

No le tomó demasiado tiempo más encontrar la escena. La pobre criatura yacía en el suelo, con los intestinos de fuera, mientras unos cuervos picoteaban sus ojos abiertos. Era una niña pequeña, de unos siete años de edad. Socorro se apresuró a ahuyentar a las aves y dio un largo suspiro, tratando de digerir el pesar que la embargó. Se tomó unos segundos para lanzar una plegaria por la niña y se puso a trabajar. No podía dejar el cuerpo en aquel lugar, debía llevarla consigo. Con ramas, lianas y tela de su faldón armó una camilla improvisada, sobre la que amarró el cuerpo de la niña y la llevó a rastras hasta su cabaña.

Para entonces, ya había entrado la noche. Socorro se debatía entre enterrar a la pequeña inmediatamente o esperar al día siguiente para llevar el cuerpo al pueblo. Seguro, había una madre angustiada que necesitaba saber qué había ocurrido con su pequeña. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de pisadas. Al inicio fue un murmullo lejano, pero poco a poco se empezaron a escuchar más cerca, acompañadas de múltiples voces. No tardó en aparecer frente a ella el grupo de aldeanos, que llevaban antorchas para iluminar su camino.

Las exclamaciones de sorpresa no se hicieron esperar, cuándo las antorchas iluminaron a Socorro, y al cuerpo de la niña, que aún se encontraba en la camilla improvisada.

—Lamento mucho la pérdida de esta pequeña —Socorro hizo una pausa, las palabras pesaban en su pecho. He llegado muy tarde y no he podido hacer nada.

—¡Dios bendito! ¿Qué has hecho? —exclamó uno de los hombres que se encontraba al frente.

Socorro lo pudo reconocer como el hombre a quien le vendía ungüentos para el dolor de espalda. Las palabras resonaron en su cabeza, pero Socorro no fue capaz de procesar lo que estaba escuchando. No hacían sentido. Los hombres comenzaban a rodearla.

—¡Bruja! —gritó un hombre que se encontraba más atrás.

—¡Bruja! —comenzaron a gritar el resto de los aldeanos.

—¿Se volvieron todos locos? ¿Qué tonterías están diciendo? ¡Fueron los lobos quienes atacaron a esta niña! —se defendió Socorro.

—¿Por qué la tienes en tu cabaña? —preguntó el panadero.

—¿Por qué estás cubierta de sangre? —preguntó el sacristán.

—¡Dios mío! ¿Por qué la niña no tiene ojos? Eso no lo pudieron hacer los lobos —exclamó el alguacil.

—¡Bruja! ¡Bruja! —comenzaron a gritar nuevamente los presentes.

—Han sido los cuervos, yo solo he querido darle un santo entierro —espetó Socorro, quien sentía que las piernas le flotaban y la voz se le quebraba.

—No te vamos a perdonar, ¡Bruja! —gritó un hombre bajo y rechoncho y lo siguiente que Socorro supo es que la estaban bañando con un líquido viscoso y de olor fuerte. Era el queroseno de las antorchas.

Socorro retrocedió, comprendiendo lo que estaba a punto de ocurrir. No tenía hacia dónde correr, se encontraba completamente rodeada. —Hombres necios, ciegos por la ignorancia.

—Bruja maldita, pagarás por tus pecados —la sentenció el alguacil, quien lanzó su antorcha hacia Socorro.

Los aldeanos aguardaron en silencio. Mientras un denso humo negro se elevaba hacia el cielo y cubría la luna llena.


Continúa con la serie de historias fragmentadas de «Más allá del bosque»:

La bruja

El lobo

La niña y la bruja

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