
María y Ana eran hermanas. María tenía doce años y Ana siete. Aquella mañana, habían acompañado a su madre a lavar la ropa al río y se la habían pasado jugando en las aguas del riachuelo. Cuando su madre terminó su tarea, María y Ana se dispersaron hacia el campo que se encontraba detrás de su casa, donde acostumbraban jugar, pues no tenían permiso de estar en el río ellas solas.
—Dice Juan que en el bosque vive una bruja —le contó María a Ana.
—Eso no es verdad —respondió Ana inmediatamente, que ya sabía que María gustaba de asustarla.
—Sí lo es. El otro día escuché a mamá hablar de la bruja del bosque. Además, Juan dice que él la vio.
—No es cierto… —dijo Ana incrédula— ¿cómo es? —preguntó luego de una pausa.
—Dice que tiene la piel verde y una nariz muy grande. Además, tiene el pelo muy largo y despeinado. ¿Quieres que la vayamos a buscar?
—¡No! Quiero ir con mamá.
—No seas una bebé miedosa. Solo la veremos muy rápido y desde lejos, nos esconderemos atrás de un árbol. ¿No tienes curiosidad? —Insistió María.
—No…
—Además, ¿no te gustaría poder contarles a todos los niños que tú también viste a la bruja?
Ana meditó por un momento. Era verdad que le daba curiosidad ver a la bruja, nunca había visto una y seguro todos los niños estarían impresionados cuando les contara que había visto a la bruja con sus propios ojos. —Bueno, está bien, pero la veremos de lejos.
—Sí, sí. Lo prometo —exclamó María, mientras tomaba a Ana de la mano y corrían hacia el bosque.
Caminaron por un largo tiempo en la vereda del bosque, pero Ana ya no se sintió tan segura de su aventura, cuando el bosque se tornó más espeso y comenzó a tragarse la luz del sol.
—Regresemos a casa, María. Ya no quiero seguir, ya no quiero estar aquí. —urgió entre sollozos.
—¡Pero estamos muy cerca!
—Mamá dice que en el bosque hay lobos. Es mejor regresar.
—Por favor Ana, solo un poco más.
—¡No! Si no regresamos a casa ahora, le diré a mamá que me trajiste al bosque.
María se detuvo y chasqueó la lengua, molesta —No debí traer a una bebé a una misión tan importante— dijo en voz baja, pero lo suficientemente alto para que Ana pudiera escuchar. Dio media vuelta y comenzó a caminar por dónde venían.
Estaba furiosa con Ana, habían estado tan cerca. Pero siempre tenía que ser una bebé llorona y cobarde. Los pensamientos y el cuerpo de María se detuvieron en seco, cuando por el rabillo del ojo vio una sombra moverse entre los árboles. Se volteó lentamente y lo primero que distinguió, fueron dos enormes círculos amarillos, embebidos en la completa oscuridad. Le tomó algunos segundos divisar mejor la figura. Cuando sus ojos pudieron enfocar mejor, se dio cuenta de que esa completa oscuridad, se trataba del cuerpo de un lobo negro, que las veía fijamente con sus ojos amarillos.
María abrió la boca, pero nada salió de ella. Trató de tomar aire, pero el aire no pasaba a sus pulmones, como si estos se hubieran cerrado. La criatura tenía unas patas largas y delgadas, de pie era tan alta como ella. Sintió que el tiempo se había detenido, como si aquello fuera una pintura inerte, estática. Pero el encanto se rompió, cuando el lobo mostró sus enormes colmillos. Entonces María comenzó a correr, tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Se detuvo cuando escuchó tras ella, los gritos desgarrados de Ana. Se volteó rápidamente y vio con horror al enorme animal y a Ana entre sus fauces.
No podía ayudarla, no podía hacer nada por ella. María volvió a correr y continuó corriendo hasta que llegó a la salida del bosque. Entonces, sus piernas, que parecían de trapo, colapsaron. No fue hasta ahora que María pudo ser realmente consciente de lo que había ocurrido. El lobo se había comido a Ana y todo había sido culpa de ella. María comenzó a vomitar. Incapaz de detener las convulsiones de su cuerpo, se quedó entre el pasto, hecha un ovillo. Había perdido a Ana, nunca volvería a ver a su hermana y todo había sido su culpa.
Se quedó en esa posición por un tiempo, hasta que un nuevo pensamiento la desencajó. Sus padres se enterarían de lo que había hecho. Sabrían que había llevado a Ana al bosque y sabrían que todo había sido su culpa. El aire comenzó a faltarle otra vez. Su padre le volvería a dar una paliza, seguro sería la paliza más grande de su vida. María volvió a sentir miedo, casi tanto miedo como cuando había visto al animal. Entonces tuvo una idea, solo así podría salvarse. Se puso de pie con esfuerzo, respiró profundo varias veces y corrió a su casa, en busca de su madre.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡La bruja se ha llevado a Ana!
Continúa con la serie de historias fragmentadas de «Más allá del bosque»:

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