Se dice que el suave aleteo de una mariposa, puede llegar a causar un tornado al otro lado del mundo. ¿Alguien ha pensado qué puede provocar ese tornado sobre las pequeñas hormigas, que viven en esas lejanas latitudes? La terrible destrucción de su hábitat no solo modificaría su entorno, el evento podría arrastrar o enterrar su nido. Los fuertes vientos, podrían llevar a las hormigas grandes distancias, separándolas de su colonia, haciendo más difícil su supervivencia. Después de todo, las hormigas son seres sociales, ¿qué haría una hormiga sola en el mundo, lejos de su hogar y los demás miembros de su colonia? Y no olvidemos, que los tornados suelen ir acompañados de agua. Las hormigas podrían ahogarse o verse obligadas a abandonar sus colonias. Lo bueno, es que las hormigas son insectos resistentes, con una fuerte resiliencia. Algunas especies podrán reconstruir sus hormigueros y continuar con sus vidas; otras, buscarán nuevos lugares para establecerse; y están aquellas, que tienen nidos profundos en el suelo, que les protegen del tornado. Así es como, las hormigas no se extinguen ante los aleteos de las mariposas.
Pero esta historia no trata de las hormigas, ni de las mariposas: es sobre mi nacimiento. Nací en el Hospital Martin Luther King, en Los Ángeles. Mis padres llevaban poco menos del año viviendo en esa enorme ciudad. Jóvenes buscando mejores oportunidades para su recién formada familia. Oportunidades que son difíciles de encontrar en un país como Guatemala. Especialmente si estamos hablamos de la época de los años 80. Entonces, la guerra civil estaba en pleno auge, desencadenada por décadas de profundas desigualdades sociales, económicas y políticas del país; que se intensificaron hacia la segunda mitad del siglo XIX, cuando se establecieron políticas de expropiación de tierras. Las políticas apuntaron hacia las tierras que eran posesión y eran trabajadas colectivamente por las comunidades indígenas. Con intereses dirigidos, fueron declaradas «ociosas» y se vendieron principalmente a terratenientes y empresarios extranjeros. Las comunidades, sin títulos de propiedad formales, perdieron no solo sus medios de subsistencia, también su autonomía e identidad, quedando obligados a trabajar como jornaleros en lo que alguna vez les perteneció.
Durante el conflicto, las comunidades indígenas fueron vistas como bases potenciales de apoyo para la guerrilla, lo que llevó al Estado a implementar políticas de represión masiva. Eventualmente, la represión estatal se intensificó, con masacres, desapariciones forzadas y violaciones de los derechos humanos. El gobierno, implementó una política de «tierra arrasada» contra las comunidades sospechosas de apoyar a la guerrilla. Alrededor del 83% de las víctimas fueron indígenas mayas, en lo que se ha calificado como un genocidio, según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, nombrada por las Naciones Unidas. Se estima que el saldo al final de los 36 años de guerra fue de doscientos mil muertos, cuarenta y cinco mil desaparecidos y cerca de cien mil desplazados. Treintaiséis años, marcados por la violencia, injusticia y sufrimiento. Treintaiséis años, que dejaron un legado de trauma social, pobreza y desigualdad, que hasta ahora continúa teniendo consecuencias para el país.
Pero esta historia tampoco trata sobre los horrores de la guerra civil que se vivieron en Guatemala. Vuelvo a reiterar que trata sobre mi nacimiento. En 1986, entró a la presidencia el primer presidente civil elegido democráticamente, después de casi 20 años. Aunque con fuertes limitaciones, su gobierno tuvo importantes avances en la recuperación del país. La represión iba en descenso, pero las secuelas se mantenían cimentadas. Incluso en la población urbana, que no sufrió el ataque directo de las torturas y masacres perpetradas. El miedo y la desconfianza estaba sembrado. Los jóvenes, estudiantes universitarios, fueron un foco importante de resistencia, quienes se sumaban a las luchas urbanas para resistir y denunciar las violaciones. Esto, llevó a la universidad a ser considerada un centro de pensamiento crítico y oposición al gobierno, lo que culminó en cientos de líderes asesinados y desaparecidos. Pese a todo, las personas siguieron con su vida. Los más afectados, recogieron las piezas rotas que quedaban y aprendieron a vivir con ellas. Los menos afectados, dejaron atrás ese mal trago de la historia.
Era la mañana del 12 de diciembre, cuando mi tía, la mayor de cuatro hermanas, recibió una llamada de su hermana menor, que se encontraba en Los Ángeles. A pesar de sus siete meses de embarazo, había roto fuente en la madrugada. Con la experiencia de dos embarazos previos, la urgió a que se dirigiera al hospital inmediatamente. Esta noticia, solo venía a sumarse a la ansiedad del día, ya que por la tarde la tercera hermana estaría contrayendo matrimonio. Estamos hablando de una familia urbana, que no había sufrido los estragos de la guerra. Sin embargo, años atrás, esa hermana mayor y su esposo, abandonaron la universidad, en parte por las dificultades de la vida, en parte por el miedo a las amenazas constantes que sufrían los estudiantes universitarios. Después de todo, su esposo había sobrevivido a una bala perdida, que se había incrustado en su cabeza, al quedar atrapado en medio de un tiroteo contra estudiantes, ocurrido en las instalaciones de la universidad pública.
A pesar de los constantes actos de violencia, gran parte de la población urbana, no era consciente de las atrocidades que ocurrían en el resto del país. Era difícil enterarse, cuando los principales medios de comunicación estaban controlados por el gobierno. Los asesinatos a personas destacadas, como catedráticos o líderes sobresalientes, eran disfrazados como meros sucesos violentos, producto de la delincuencia. Sin embargo, era evidente que la tensión se respiraba en el aire. Prueba de ello, en el periódico de ese día, perfilaba entre las noticias, como una anécdota chusca, que un soldado de guardia en la casa presidencial, se soltó en disparos cuando un automóvil chocó en un poste cerca de él. Los tripulantes del vehículo huyeron del lugar, junto con el resto de personas que se encontraban cerca, tratando de ponerse a salvo. Las víctimas del accidente fueron capturadas a pocas cuadras y llevadas de regreso hasta el lugar del siniestro, por militares y no fueron dejados en libertad hasta que se esclarecieron los hechos. Esa reacción, es evidencia de las tensiones que se vivían en el momento.
Al atardecer, la novia entraba, por el pasillo central de la iglesia. Llevaba puestos los zapatos más bonitos y caros que había usado en su vida y tras ella, la cola de su largo y blanco vestido se ondulaba a cada paso, frente a los ojos de los invitados. Ella no estaba enterada de la guerra interna que se venía desarrollando en el país por 26 años. Sin embargo, salir a la calle sola era casi impensable, porque los rumores decían que la policía era mala y secuestraban a las personas. Había que andar siempre con cuidado, porque las calles eran peligrosas. Además, ya habían recibido un allanamiento en su casa, porque eso hacía la policía y había que asegurarse que cuando eso pasara, no fueran a encontrar nada que les pareciera sospechoso. Sin embargo, en ese día, nada de eso rondaba su cabeza. Sus preocupaciones más grandes eran llegar tarde a la misa y que su hermana menor, podría o no, estar a punto de tener a su primer bebé.
Algunas horas más tarde, un órgano hacía resonar la graciosa melodía etérea de un vals, que envolvía a los presentes, mientras observaban a los novios danzar en un fluido vaivén al compás del uno-dos-tres. Mientras disfrutaban ese momento trascendental, poco podría imaginar el novio, lo cerca que estuvo de no vivir esos momentos, si sus decisiones lo hubieran llevado por diferentes caminos. Sin saberlo, había bordeado entre los límites de la lucha, cuando en sus años de estudiante universitario, recibió acercamientos directos para unirse a grupos armados, o cuando profesor acompañó a estudiantes mientras realizaban protestas de resistencia. Mucho menos se imaginaba, que muchos años después, sería consciente de todos estos acontecimientos, lo que lo llevaría a dirigir su trabajo de maestría a la teoría de la liberación, en busca la liberación de los oprimidos.
La algarabía de la fiesta se fue disipando, dejando paso a los recuerdos del día. Hacia el final de la noche, la novia recibió la noticia, que, en un hospital de Estados Unidos, su hermana acababa de dar a luz a su primera hija. Diez años más tomó la firma de los Acuerdos de Paz.

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